Pintoras olvidadas del siglo XIX

brick Pintoras olvidadas del siglo XIX

El engaño de los ricos (1901) por Eleanor Fortescue Brickdale, 85 x 110 cm. Óleo sobre lienzo.


Los extraños casos de artistas femeninas que fueron experimentadas maestras, como Artemisa Gentileschi y Elisabeth Vigee-Le Brun, así como pintoras del movimiento Impresionista en adelante como Mary Cassatt y Georgia O’Keeffe, han recibido una gran aclamación. Aunque en la Historia del Arte uno escucha mucho sobre artistas de siglos anteriores y recientemente se ha hecho mucho hincapié en las artistas femeninas en general

Pero qué hay de otras pintoras de la casi olvidada tradición clásica del siglo XIX, como Elizabeth Jane Gardner Bouguereau, Elizabeth Southerden Thompson, Lady Laura Teresa Alma-Tadema, Evelyn De Morgan y Eleanor Fortescue Brickdale.

No se escucha con frecuencia acerca de estas artistas de este periodo del arte recientemente revitalizado. Este artículo se centrará en estas mujeres y en los logros que consiguieron en la pintura.

Elizabeth Jane Gardner Bouguereau (1837-1922). Su obra, si se menciona alguna vez, es habitualmente acusada de parecerse demasiado a la de su esposo, el famoso William Bouguereau. Esta fue una crítica que se originó durante su vida. Llegó a ser muy conocida en su época y su respuesta a esta acusación era: “¡Sé que soy criticada por no reivindicar valientemente mi individualidad, como la mejor imitadora de Bouguereau!”.

Claramente, Gardner sentía que era preferible tener que sufrir la crítica sobre que su trabajo era demasiado similar al del artista más famoso y querido de aquel momento, a que no se hablara de ella en absoluto. A pesar de que su técnica de pintura era muy parecida a la de la hábil mano de su marido, de hecho dispone de un conjunto de obras sensacionales, muchas de las cuales expresan su voz propia y dotan a su trabajo de cierto grado de individualidad.

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Aunque actualmente su nombre no es ampliamente conocido entre el gran público, sus pinturas han sido de nuevo apreciadas entre los coleccionistas del siglo XIX. Una de estas obras, La hija del granjero, que fue expuesta por primera vez en 1887 en el Salón de París y de nuevo en 1889 en la Exposición Universal, expresa la alegría de vivir y disfrutar de las cosas sencillas.

Una bella joven aparece entre un grupo de gallinas de corral en un perfecto y soleado día. Mira hacia abajo a sus plumíferas amigas, con una mirada pícara, mientras que de forma traviesa deja caer los dorados granos entre sus dedos, poco a poco.

Las aves se reúnen alrededor mirando hacia arriba a su amorosa cuidadora y de forma juguetona hacia el espectador, previendo con entusiasmo la llegada de su festín. Esta pintura recuerda al espectador el disfrutar de los pequeños regalos que se presentan, el mirar la vida con perspectiva y disfrutar de lo cotidiano.Además de demostrar su habilidad impecable con el dibujo y su comprensión profunda de la materia, Gardner demostró que era una increíble colorista.

Usaba audazmente colores impresionantes que atraían la mirada del espectador y que, en lugar de anular el mensaje de la pintura, lo complementaban. El uso de dos únicas sombras de azul intenso contrastadas con un rico rojo carmesí y la piel de porcelana de la muchacha, hace que se aprecie el color tanto unido a la composición, como separado de la misma.

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Uno puede pararse frente a este cuadro y quedarse paralizado por el poder de los colores utilizados; y una vez que se aprecian en el contexto de la pintura completa, se comprende que se trata de una obra maestra por derecho propio y que Gardner merece todo el reconocimiento por sus logros con el pincel.

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